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Los hombrecitos no lloran. Aguanta, aguanta. Macho, macho. Más Rápido, vas muy lento. No tienes temple, no aguantas nada. Maricón. Flojo. Lerdo. Miles de veces escuchamos adjetivos peyorativos, juicios de valor y críticas muy poco constructivas que se avocan a pedir un cambio de actitud tanto en la parte física como en la mental.
La exigencia de otro talante de cara al dolor, al trabajo y a la dificultad es totalmente legítima y necesaria, pero siempre con una dosis de tacto y de oportunidad. En muchos casos, en lugar de motivar a la persona se consigue lo opuesto: el axioma del fracaso.
El triduo sacro sobre el que se cimienta el Atletismo y la mayoría de los deportes de exigencia física, es el constituido por la velocidad, la resistencia y la fuerza. Para llegar a un óptimo aprovechamiento de las facultades físicas, debemos potenciar cuidadosamente estas 3 áreas y complementarlas mutuamente. Entonces, extrapolando esto al campo mental, quiero notar la importancia que se debería asignar a estas áreas. En la mayoría de los casos la diferencia entre el campeón y el resto; entre el trabajador profesional y el aficionado.
La velocidad no sólo determinará al ganador de la carrera, sino que será fundamental para la toma de decisiones, en todo ámbito y en todo momento, a las que se enfrenta nuestro cerebro. Esta agilidad mental no deberá descuidar la profundidad de tales disposiciones. La resistencia por su parte, será la garantía de nuestra avidez en la búsqueda del desenlace de nuestras decisiones. Luego, completando la idea, advirtamos que la fuerza logrará que soportemos nuestro peso corporal, además del peso añadido que vamos yuxtaponiendo en el camino.
Ahora bien, existe el entrenamiento visible a pie de pista, pero la base sobre la que se instituye toda la estructura psicológica del individuo tiene en su raíz, además del ámbito cognitivo (técnica y entrenamiento), en el ámbito emocional y por lo tanto irracional que es el que se suele mirar menos, perdiendo la posibilidad no sólo de que nuestro cerebro ordene segregar más adrenalina, sino de tener una vida más plena y estable.
Vayamos pues al terreno de la praxis, y para esto quiero citar tres ejemplos que son los que me han llevado a concebir este artículo. Modelos de gente que ha sido capaz de utilizar de forma admirable las capacidades de la fuerza, resistencia y velocidad emocional en sus relaciones personales enfrentando a sus seres queridos con la muerte.
En primer lugar, señalaré al campeón Olímpico de fondo, Kenenisa Bekele, que perdió este año a su joven novia en las pistas atléticas. En segundo lugar Mauricio Prudencio, mejor nadador boliviano de siempre, que perdió a su padre a raíz d una desconocida y fatal enfermedad.
En tercer lugar, en los días pasados hemos presenciado el trágico siniestro de un avión peruano en la localidad de Pucallpa, en el que iba el padre de la recordista y campeona nacional de ese país, Patricia Riesco, portento de fuerza, resistencia y velocidad.
En este punto me detengo. Es el momento ideal, en el que podemos copiar las recetas que siempre buscamos a la hora de encontrar la fórmula del